jueves, 21 de enero de 2010

El Primer Silencio Interno

Pasaba de la media noche cuando comencé a sentir los efectos de los hongos en mi cuerpo. En el reproductor, sonaba un disco de percusiones africanas que me tenía sumergido en un profundo estado de atención auditiva. Un par de veladoras alumbraban toda la habitación. En aquel entonces, mientras estudiaba la universidad, yo vivía en un pequeño cuarto de azotea, el cual sólo contaba con un baño, una cama, un sillón y un restirador de madera en donde trabajaba. Sentado en el sillón, mientras escuchaba con atención la música, comencé a sentir un cosquilleo y una tensión inusual en la zona del abdomen. No era algo molesto, al contrario, me producía una sensación de placer, lo sentía como pequeñas descargas eléctricas que irradiaban desde el plexo solar a todo mi cuerpo. Quise ponerme de pie. Sentí las piernas débiles y también algo de vértigo, como si estuviera un poco borracho. Recorrí con tranquilidad toda la habitación, observando, un tanto maravillado, todos los detalles que había en ella. Obviamente yo había visto ese cuarto cientos de veces, pero esa noche, en el estado en que me encontraba, todo lo que había en él me parecía de alguna manera distinto. Notaba también una especie de brillo o resplandor, el cual parecía emanar de todos los objetos e irradiar una neblina blanca, tan tenue, que apenas puse mi atención en ella se esfumó, o bien yo deje de percibirla. Caminé hacia la ventana. La noche era calida y despejada, una enorme luna llena iluminaba el cielo. La ciudad comenzaba a silenciarse poco a poco, sólo se escuchaba de vez en cuando el sonido de algún automóvil o el ladrido de algún perro. En el restirador, bajo la ventana, se encontraban todavía algunos hongos acomodados sobre un platón de barro. El verlos me provocó alegría. La luna los iluminaba, descubriendo su increíble textura y su forma. Me acerqué mucho a ellos, sentí simpatía por esos misteriosos seres. Los admiré durante un rato y de pronto comenzaron a moverse. No era un movimiento muy evidente, de hecho lo fui notando lentamente, era casi como una sensación que me venía al observarlos. Los hongos parecían expandirse y contraerse, tal y como si estuvieran respirando. El movimiento era sumamente ligero, apenas perceptible, pero provocaba en mí un estado hipnótico. En ese estado una idea aterrizó súbitamente en mi mente: supe que los hongos aún estaban vivos. Yo no tenía nada en que basarme para hacer tal afirmación, sin embargo sentí que los hongos seguían con vida y que, además, eran concientes. Nunca antes me había planteado la posibilidad de que las plantas realmente tuvieran conciencia de ser. Esta idea me provocó un momento de euforia, seguido de una sensación de pena por ellos. Les pedí disculpas por haberlos cortado. Después de un rato me senté en la cama. En la grabadora seguía sonando el disco de percusiones, poco a poco me fui sumergiendo en él. Sentía los sonidos de los tambores como pequeñas esferas que se estrellaban en el centro de mi conciencia. De vez en cuando soltaba risitas involuntarias, por el placer que esto me producía. Me deleitaban también los silencios, nunca los había yo considerado como una parte activa de la música, tan importante como los sonidos. Sentía esos “huecos” que producía en la boca del estómago. La música acabó, acompañada de una imponente grabación del canto de unas aves, quedando todo en silencio. Había perdido la noción del tiempo, pensé que tal vez era hora de dormir, así que me acosté e intente conciliar el sueño. Di vueltas en la cama durante bastante rato sin ningún éxito, no podía dormir. Se me ocurrió que fumar un poco de marihuana me podría ayudar, ya que, normalmente, después de fumarla me da un poco de sueño, así que me acomodé de nuevo en el sillón, forjé un cigarrillo y lo encendí. Mientras fumaba, noté que los efectos del hongo aún seguían muy presentes en mi organismo, de hecho me parecía que la marihuana los había intensificado. Poco a poco mis pensamientos fueron cesando nuevamente, hasta entrar en un profundo estado de silencio interno. En cierto momento recuerdo que cerré los ojos, y fue entonces que la imagen de María Sabina apareció frente a mí. Se hallaba en la entrada de una casa, recargada en el marco de la puerta, a unos dos metros de donde yo me encontraba. Tenía su brazo izquierdo rodeándole la cintura y en el derecho sostenía un cigarrillo. Fumaba, al igual que yo, y me observaba. Verla me sorprendió un poco. Su mirada era penetrante y un tanto retadora, pero a la vez me pareció amigable, parecía contener una pregunta en sus ojos, cómo si se preguntara quién era yo, y que era lo que hacía ahí. Sentí que me escudriñaba. Yo también la miré por unos momentos. Llevaba puesto un vestido con un bordado muy colorido, un reboso gris cubría parte de sus brazos y de sus hombros. El encuentro con la celebre curandera mazateca debió de ser breve, pues lo siguiente que recuerdo es estar frente a dos enormes esferas o anillos, de bordes luminosos, flotando sobre una espesa negrura, la cual ocupaba todo mi campo de visión. Noté que las esferas se movían. Comenzaron a acercarse entre ellas y por mi mente cruzó la idea de un eclipse. Noté, además, que el movimiento de las esferas me afectaba directamente. Conforme se acercaban, sentía una especie de ebullición, una energía, que se iba acumulando en una parte indefinida de mí ser. Finalmente, cuando las dos esferas se superpusieron completamente, volviéndose una sola, algo en mí se destapó. Perdí toda conciencia de mi cuerpo, de la habitación, de todo. Una serie de imágenes y sentimientos empezaron a desbordarse sobre mí. Vi toda mi vida correr, como si fuese un enorme carrete de fotografías pasando a toda velocidad frente a mis ojos. Las imágenes eran tan rápidas que me fue imposible aferrarme a una. Comencé a llorar. Poco a poco recobré conciencia de mi cuerpo y de mi habitación. Los oídos me silbaban. Abrí los ojos. En mi mano aún sostenía el cigarrillo, ya apagado. Todo estaba en completo silencio. Un sentimiento de soledad y de angustia se apoderó rápidamente de mí. No podía organizar mis ideas ni mis sentimientos. Pensaba en mi familia y en las personas que quiero. Pensaba en mi niñez. De un momento a otro me sentí triste, sin saber exactamente por qué. Me paré del sillón y anduve por mi cuarto nerviosamente. No sabía que hacer, no podía dejar de sollozar y sentía una enorme presión en el pecho. Deseaba que todo terminara. Finalmente me senté en el borde de la cama. A un lado de ella, llamó mi atención una vieja guitarra sin cuerdas que mi abuelo me había regalado cuando aún vivía. Sin pensarlo tomé la guitarra, la coloqué sobre mis piernas y comencé a golpear suavemente el cajón de madera con mis dedos, como si fuese un instrumento de percusión. Al principio comencé a tocar sin ninguna intención, solo intentaba calmarme un poco, entretenerme en algo. Pasé un rato así, no se cuanto, pues nuevamente perdí la noción de mí. Lo que me trajo de vuelta fue una poderosa toma de conciencia. Yo estaba tocando una canción. No era una canción que yo hubiera escuchado antes, ni mucho menos. Era una melodía muy simple, monótona, repetitiva, pero inexplicablemente hermosa. Al tomar conciencia de esto, de nueva cuenta una intensa energía envolvió cada fibra de mi ser, sentí como una lluvia de cristales que se desparramaba sobre mí. Los oídos me silbaban otra vez. Una fuerte vibración recorría todo mi cuerpo. Comencé a llorar, pero esta vez no de tristeza, sin saber por qué me sentía sumamente dichoso, feliz. No podía, ni me interesaba en ese momento, explicarme lo que estaba pasando, lo único que me importaba era seguir tocando esa misteriosa música que producía en mí tan poderosa sensación, y así lo hice por horas. Mientras tocaba tuve otra fuerte toma de conciencia: supe que esa canción era una especie de regalo, una canción de poder. Esta idea me provocó un sentimiento de excitación y de felicidad indescriptibles. Comencé a reír de puro placer, de éxtasis. Cerraba los ojos y me dejaba llevar por ese mágico sonido, como una boya flotando en medio del espacio infinito. Por primera vez en mi vida me sentí completo. Nada me faltaba, nada me sobraba en ese momento. El calor de mis lagrimas corría por mi rostro y esto, sin saber por qué, me hacia sentir sumamente vivo. Creo que nunca antes había estado tan en paz conmigo mismo y con este misterioso mundo que me rodea. Por un instante casi supe que era lo que me tenía atado, lo que no me permitía ser plenamente feliz, pero la idea fue tan fugaz, que no logró cristalizarse por completo en mi mente. No me importó. Yo reía, cual si fuese un niño que ha encontrado un pequeño tesoro. Y justo así me sentía, como un niño, tocando una música mágica, milenaria. Comenzaba a amanecer. La noche clara y despejada había dado paso a una mañana gris, llovía ligeramente y algunos truenos se escuchaban en el cielo. Me sentía muy feliz, agradecido, renovado, lleno de poder. Sentía además una presencia, algo que no me era conocido y que sin embargo me resultaba sumamente familiar, acompañándome en la habitación. Nunca habría imaginado el curso que tomaría esta experiencia, no podía salir de mi asombro. Dejé por fin la guitarra a un lado de la cama y me acosté, mirando la lluvia caer por la ventana, hasta quedarme dormido.

1 comentario: